martes, 6 de febrero de 2018

Sergio Pitol y su fuga hacia la realidad

Sergio Pitol es un escritor mexicano contemporáneo que, desgraciadamente, pocos hemos oído nombrar pues es un escritor de culto. Y digo “desgraciadamente” porque la obra de Pitol debería ser reconocida por todos por su calidad, su amplitud, su foco y su asombrosa pluma. Esta vez, te invitamos a descubrir quién es Sergio Pitol y por qué su obra es tan única y tan digna de reconocerse y exaltarse.

El origen del sueño
Sergio Pitol Demeneghi nació en Puebla en 1933, pero pasó la mayor parte de su infancia en Potrero (Veracruz). De apellidos italianos era de esperarse que, por la época, creciera en un grupo europeo donde la cultura, la música y la literatura lo rodearan. Cuando tenía solo 4 años quedó huérfano y se crió con su abuela, contrajo malaria al poco tiempo y, por lo mismo, pasó su infancia entre cuatro muros. Sergio vivió su niñez en orfandad, aislamiento y enfermedad y, aunque él afirma haber tenido los mejores cuidados por parte de su abuela, sus únicos compañeros eran los libros. La lectura de clásicos como Mark Twain, Julio Verne y, su favorito, Charles Dickens fueron su refugio y llenaron su solitaria vida de sueños y de anhelos por levantarse de cama, descubrir el mundo y viajar. Este enclaustramiento obligatorio también lo llevó a aprender idiomas y perfeccionar su inglés y francés a los 14 años.
José Emilio Pacheco, Sergio Pitol y Carlos Monsiváis
Como primer movimiento, se muda a la Ciudad de Mexico y estudia Derecho en la Facultad homónima de la UNAM, mientras asiste como oyente a las cátedras de Alfonso Reyes en la Facultad de Filosofía y Letras. Ahí fue amigo cercano de los escritores de su época, de Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco quienes –como él mismo admitió– lo incitaron a escribir.
Su carrera literaria comienza a los 23 años y desde ese momento aquello que lo movió de niño, sus pasiones, miedos y sueños se volvieron la esencia de su narrativa. En 1957, su cuento Victorio Ferri cuenta un cuento ganó el 2º lugar en un concurso y con el pseudónimo de “Amalio Otero” lo publicó en los Cuadernos del unicornio –de su aclamado contemporáneo Juan José Arreola–. A partir de ese momento, Sergio Pitol no estaría quieto.

Un poco desencantado por la recepción de sus primeros trabajos, Pitol decide ir por un tiempo a Europa con el pretexto de visitar a su familia. Pero su viaje duró 28 años.
Un viajero incansable
Mientras que sus contemporáneos intelectuales encontraban inspiración en París, Pitol se aventuró a vivir en lugares donde pocos habían estado como Polonia, Rusia y hasta China. Mientras vivió en Varsovia recibió una oferta del mismo escritor polaco Witold Gombrowicz para que tradujera su obra; en Pekín trabajó como corrector de estilo en una editorial; en Belgrado y Barcelona trabajó en múltiples editoriales, revistas y periódicos e incluso llegó a ser maestro en Bristol (Inglaterra).


En 1966 realiza una primera autobiografía en la que critica sus escritos de juventud de una manera voraz por ser solamente trazos inacabados de esta continua dupla literatura-vida que va a caracterizar toda su obra. Escribe ensayos de crítica literaria y es hasta 1972, a los 38 años, que Pitol redacta su primera novela El tañido de una flauta.

Volvió a Polonia y desde 1960 ejerció como diplomático del Servicio Exterior Mexicano en múltiples ciudades europeas –desde París hasta Budapest, Moscú y Praga–. Durante toda esa época produjo muchísimo material que sí llegó a publicarse por editoriales en México, pero no lo dió a conocer. Tradujo más de 100 libros del polaco, ruso, italiano, inglés y francés de autores del calibre de Henry James, Vladimir Nabokov, James Conrad, Gombrowicz y Andrzejewski; esta dedicación a la labor traductora pausa de algún modo su propia creación que de haber continuado quizás podría haberle otorgado el renombre y la aclamación que tenían contemporáneos suyos como Octavio Paz, Monsiváis y Fuentes y lo hubieran hecho dejar de ser un escritor de culto.

Sin embargo, no es que Pitol estuviera realmente interesado en la fama. Por un lado, podemos ver en su labor traductora una gran pasión por difundir la cultura y una entrega desinteresada para que ésta llegara a más personas. Por otro lado, sus textos presentan una carga de contenidos, formas y temas que resulta contradictorio que, a la par, el autor afirme que su obra sea para cualquier persona. No porque subestime al lector; sino por el contrario, Pitol le tiene fe, pues a pesar de ser para todos, no todos lo leerán porque adentrarse en sus letras, ejercitar la memoria para comprender sus tramas, investigar sus temas y, sobre todo, elegir lo que el autor quiso decir es algo que no todos los lectores están dispuestos a hacer. 
“A pesar de los complejos intereses que se mueven en torno al libro, de los sofisticados mecanismos mercadotécnicos, de la salvaje competitividad de algunos círculos, sigue existiendo un público sensible a la forma, lectores exigentes cuyo paladar no toleraría historias tan truculentas ni la lacrimosa salsa del folletón, un público que se enamoró de la literatura desde la adolescencia, y contrajo ya antes, en la niñez, la adicción a viajar por el espacio y tiempo a través de los libros.” (Sergio Pitol, El mago de Viena)

Por esta razón es que Pitol es considerado un escritor de culto: no se detiene a escribir solamente para hacerle pasar un rato agradable al lector –como hace la literatura light comercial–, sino que escribe para lectores exigentes que son receptivos a la forma oculta en las palabras y que ejercen un papel activo ante los libros que les permiten dialogar con el mundo y consigo mismos.
Cosmopolita, viajero incansable y enamorado de las letras europeas, Sergio Pitol regresa definitivamente a México en 1988 luego de haber pasado más de dos décadas en el viejo continente por un anhelo sedentario de amor a su nación. Regresa a México porque el cúmulo de viajes, cultura y conocimiento adquirido y su innegable pasión por la vida le permitió encontrar el valor de su propia nación. Sin estos movimientos, sin la apertura ni el viaje ni la vivencia no hubiera caído en cuenta de lo que su propio país significaba; porque contemplar desde la distancia puede hacer que uno se sienta más cercano y la fuga puede acercarte a la realidad.


Pitol vuelve entonces a México, escribe un par de novelas más y se dedica, más bien, a narrar sus recuerdos en ensayos, en una Trilogía de la memoria (El arte de la fuga, El viaje, El mago de Viena) y pronto se retira a Xalapa (Veracruz) que en 2005 le valdría el Premio Cervantes.
Pitol al recibir el Premio Cervantes en 2005 con los reyes de España
La fuga hacia la realidad
Parafraseando a un amigo suyo, uno conoce a Sergio Pitol si conoce sus obras y viceversa, si conoce sus obras conoce a Sergio. Las máximas “Todo está en todo” y “Nada es lo que aparenta” se encuentran presentes no solo en toda la obra pitolesca, sino en su mismo autor.

El cosmopolita mexicano presenta historias desde diferentes perspectivas, hace más compleja la narrativa y exige mayor atención al lector, pues su obra es una continua ida y vuelta de la realidad a la ficción. Sitúa a sus personajes en lugares y acontecimientos reales y los relaciona con personajes igualmente reales. Ellos conviven con Frida Kahlo y Dolores del Río; hablan sobre “El Indio” Fernández y Eisenstein; escuchan a Liszt y Schumann y leen a Conrad, Gogol y Chéjov.
Por lo mismo, Pitol es un maestro de la intertextualidad; puede intercalar, combinar y hacer referencias a múltiples textos dentro de sus escritos. Incluso hace transformaciones de sus propios textos porque “una obra se potencia o se descarga según las que estén a su lado” (El desfile del amor). Por ejemplo, el cuento de Ícaro está casi insertado idénticamente en un capítulo de la novela El tañido de una flauta, pero al leer el cuento uno tiene un enfoque totalmente distinto pues no posee el contexto que la novela se ocupa en crear. La historia se ve desde otro modo y resaltan detalles y perspectivas que los hacen narrativas completamente diferentes aunque sean casi idénticas.

Pitol se encuentra en cada uno de sus personajes y en cada una de sus obras, al tiempo que no está explícitamente en ninguno de ellos. Como su autor, las letras viajan de un lugar a otro y se desvela su identidad pero jamás completamente. Muestra que cada individuo es un embrollo de contradicciones y múltiples facetas que lo hacen ser completo. Esta crítica al individuo y sus múltiples facetas, el ser todo y a la vez nada, es una constante en su obra. Su tono crítico llega a cúlmen en su llamado Tríptico de carnaval, que además es considerada la cumbre de su obra novelística. Esta trilogía (El desfile del amor, Domar a la divina garza y La vida conyugal) le valió el Premio Herralde de Novela en 1984 y él mismo la define como «una trilogía novelística más próxima al carnaval que a cualquier otro rito».

Como el autor afirma, la literatura es lo que unifica toda su vida, el eje conductor de sus vivencias y sueños; por eso aquel sueño de infancia que lo movió a ser un viajero incansable representa su realidad. La obra ensayística de Pitol incorpora camaleonicamente relatos, personajes y tramas que hacen que se torne novelesca y adquiera esa misma característica autobiográfica de su narrativa: la exhibición de crisis existenciales que ponen en duda lo que se ha considerado cierto y dan pie a una continua tensión entre los amarres del pasado y la libertad. Y precisamente ese factor hace que la obra de Pitol no sea únicamente autobiográfica del autor; sino que el mismo lector sea como Pitol, traductor y partícipe, que dé sentido a las letras al dotarlas de significado y al componerlas él mismo al ser parte de la continua crisis y tensión. Ese papel activo frente a la literatura por el que Pitol intercede hace que uno se cuestione y dialogue consigo mismo, que uno pueda también encontrarse en las contradicciones de los personajes del mexicano. Porque:
“Uno, me aventuro, es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno es una suma mermada por infinitas restas.” (Sergio Pitol, El arte de la fuga)
El poblano lleva a cúlmen el vínculo entre el pasado y el presente; el exilio y la pertenencia; el gusto por lo extranjero y la pasión por lo propio;  la contradicción y la unidad; el sueño y la realidad. La obra de Pitol es única por su lenguaje, sus continuas variantes, sus referente y, sobre todo, por ser una invitación a vivir, a que la cultura embellezca la vida y –al mismo tiempo– podamos encontrarnos en todas las cosas.
Foto de Milenio

Datos interesantes
*En 1978, Sergio Pitol pasó unos meses en México y fue invitado a un encuentro de escritores consolidados con escritores incipientes, donde ambos leerían sus lecturas. Le dijeron que leería con Villoro –cosa que lo confundió pues Luis Villoro le llevaba pocos años–, pero su sorpresa fue encontrar al hijo de aquel Villoro, Juan de 22 años. Desde entonces entre Pitol y Juan Villoro se estableció una gran amistad.

*La primera novela de Sergio Pitol, El tañido de una flauta, fue escrita en menos de 2 meses y su esquema estuvo listo en menos de 2 semanas.


*Hasta publicar Vals de Mefisto en 1984 fue que Pitol se sintió orgulloso de su creación literaria.


*La historia de El desfile del amor se desarrolla en un supuesto Edificio Minerva en la Colonia Roma que es en la vida real el Edificio Río de Janeiro –conocido como La casa de las brujas por su arquitectura– ubicado en la esquina de la calle de Durango y la Plaza Río de Janeiro en la Roma (CDMX). De hecho, Sergio Pitol y el mismo Carlos Fuentes llegaron a vivir en el Edificio Río de Janeiro.


*Sergio Pitol fue investido Doctor Honoris Causa por la UNAM en 1998. Ha sido condecorado con múltiples premios debido a su literatura y aporte a la cultura incluidos los mencionados Cervantes y Herralde, el Juan Rulfo 1999 y el Alfonso Reyes 2015.

*Su última publicación fue El tercer sujeto en 2013 un ensayo que narra su vida de forma literaria. Desgraciadamente, Sergio Pitol se encuentra en una etapa muy avanzada de una enfermedad llamada “afasia primaria progresiva no fluente”, un tipo de demencia degenerativa que va eliminando las capacidades del organismo, que le ha impedido seguir su labor literaria desde hace 5 años. Con la esperanza de que se recupere, esperamos pueda volver a su labor y seguir embelleciendo el mundo a través de su pluma de un modo que solamente el señor Sergio Pitol sabe hacer.


TOP relatos imperdibles de Sergio Pitol
(Los ensayos de Pitol componen una narrativa a parte, por lo que en este top solamente se incluyen sus cuentos y novelas)
7. Semejante a los dioses (México, 1958): Un breve cuento de un niño dotado de una memoria prodigiosa y un adolescente en un sanatorio mental que se aferra a una fotografía vinculada a un evento que terminó en masacre, fuego y muerte.

6. Victorio Ferri cuenta un cuento (México, 1957): En pocas páginas se narra la historia de Victorio Ferri y la relación que lleva con su familia.

5. Nocturno de Bujara (Moscú, 1980): Un pequeño cuento donde los personajes narran un viaje a Uzbekistán y su misteriosa ciudad de Bujara y donde Pitol no pierde la oportunidad para hacer giros inesperados y poner en jaque al lector.
Bujara, Uzbekistán
4. Vals de Mefisto (Moscú, 1979): Cuento sobre una pareja de escritores se separa para darle un respiro al matrimonio; mientras ella viaja, el otro se inspira para escribir.
3. La vida conyugal (Coyoacán CDMX, 1990): La tercera novela del Tríptico de carnaval narra la historia de un matrimonio que enfrenta infidelidades y una continua tensión de odio y amor –“una alegre descomposición matrimonial” en palabras de su autor– pero Pitol pronto carga la historia de giros inesperados, misterio y una continua crítica de los personajes.

2. El tañido de una flauta (Belgrado, 1968/ Barcelona, 1971): Dos historias paralelas: un cineasta y un pintor mexicanos recuerdan sus experiencias en torno a un tercer personaje: Carlos Ibarra, un novelista. Una novela cargada de misterio, historias entrelazadas, saltos de espacio y tiempo que exhibe de manera exquisita el estilo de Pitol.


1. El desfile del amor (Praga, 1983/ Mojácar, 1984): La primera novela de la trilogía llamada Tríptico de carnaval presenta a un historiador que, tras haber escrito un libro en torno al año 1914, quiere hacer una crónica del año 1942; pero a partir de la investigación de un asesinato ocurrido en medio de una mezcla de culturas y clases.

lunes, 22 de enero de 2018

Octavio Paz y su reflexión sobre la mexicanidad

Caricatura de Román Rivas
El hombre a través de la historia se ha tratado de definir a sí mismo de muchas maneras dependiendo de la época, de la rama de su ciencia, de sus creencias, etc. Esta constante insistencia de definirse es producto de la angustia por entender la realidad, por entenderse a sí mismo, descubrir y desenterrar el desconocido que lo habita.

Desde el filósofo Aristóteles es bien sabido que las definiciones intentan determinar la esencia de una cosa buscando su diferencia específica. Es decir, al definir algo buscamos plasmar lo que lo distingue del género próximo. Ejemplo: El hombre (especie) es un animal (género) racional (diferencia), por lo tanto, el hombre proviene del género animal, pero se distingue de ellos por ser racional.

Como ya mencionamos, el concepto “hombre” está dotado de diversas definiciones pero lo que realmente lo distingue es su raciocinio. Luego, su mayor virtud y también mayor condena es ser un ser que se pregunta, que todo el tiempo se cuestiona; y algunas de las preguntas más frecuentes en cada individuo son: ¿Quién soy yo? ¿Qué soy? ¿Qué no soy? Estas preguntas a su vez desencadenan más y más cuestionamientos que empiezan a hacerse más específicos en cada individuo sediento de entender su identidad.

En su estadía como Segundo Secretario de la Embajada de México en París, Octavio Paz (1914-1988) se sentía solo y encontró cobijo en su nación, en su México, al entenderlo como un país solitario, aislado, lejos de la corriente central de la historia universal. Ante este sentimiento de identificación, el mexicano fue atacado por preguntas encaminadas a una búsqueda de identidad geográfica: ¿Qué es la mexicanidad? ¿Qué es ser mexicano? Paz decide dedicar las tardes de los viernes y los fines de semana a responder estas preguntas en su famoso escrito El laberinto de la soledad. Muchos consideran dicha obra como un tratado psicológico o sociológico, pero la realidad es que para Octavio solo es una tentativa para entender a su país y, al entender un poco de él, tratar de entenderse a sí mismo y a sus semejantes.  
  
Es por ello que a partir de varias obras filosóficas, psicológicas y ensayos trataremos de aproximarnos a esas preguntas que atormentaron a tantos pensadores nacionales: ¿Qué es ser mexicano? ¿Qué es la mexicanidad? En esta ocasión se tratará de abordar desde el mismo Laberinto de la soledad (1950) del mexicano ganador del Premio Nobel de Literatura en 1990, Octavio Paz.

Antes de empezar quisiera hacer hincapié en el concepto que Paz tiene de “historia”, pues es clave para entender su obra. Para el autor el hombre es histórico, pero esto no quiere decir solamente que el hombre es producto de la historia, ni que la historia es producto de la voluntad humana; sino que el hombre es la historia. Así, historia y hombre son un binomio inseparable y ambos son copartícipes de la realidad: la historia está formada por las decisiones del hombre, pero también la cultura y las prácticas humanas están determinadas por su historia.

El sentimiento colectivo de soledad

Para Paz la historia de México es la del hombre que busca su origen, su filiación, esa pertenencia de la que fue desprendido en la Conquista española. Y al igual que Samuel Ramos, Octavio ve en el mexicano un sentimiento profundo de inferioridad que le provoca desconfianza de sus capacidades para crear y pensar. Ve natural este sentimiento en los mexicanos ya que apenas hasta 1950 hubo una pausa, un despertar de los individuos de una inestabilidad social a causa de tantos años de guerras y México por fin tuvo tiempo para reflexionar sobre sí mismo.

Según el autor este sentimiento de inferioridad es una ilusión, un síntoma que yace de un pesar aún más profundo: la soledad. Y este pesar a su vez se origina de un sentimiento de orfandad, una oscura conciencia de que hemos sido arrancados de esos orígenes, cosmovisiones y rituales nuestros con los que se buscaban restablecer los lazos con que nos unimos a la creación. Debido a que después de la Conquista los mexicanos apropiaron un lenguaje, cosmovisiones e ideologías que no eran suyas y que tampoco fueron concebidas por ellos.

La realidad es que es imposible tratar de borrar un acontecimiento histórico o intentar ignorar partes de la historia, el mexicano actual es irremediablemente producto de la mezcolanza de la cultura española y las herencias indígenas. El mexicano tiene algo muy característico que otros países repudian: contempla el horror; ve de frente temas fuertes como la muerte, la miseria, la pobreza, etc. La cultura mexicana está llena de estos temas, desde el Día de muertos, los velorios, las imágenes religiosas en las iglesias de Cristos torturados y ensangrentados. Según Paz, este culto por el masoquismo es producto de ambas culturas, por un lado de las sangrientas prácticas indígenas (los sacrificios) y por otro de la religión católica que venera el sacrificio de Jesucristo en la cruz.


Una palabra clave para entender dicha orfandad del mexicano es “malinchista”. Este adjetivo se le adjudica a aquellos que prefieren lo extranjero en vez de lo nacional y proviene del personaje histórico de La Malinche –quien, como se sabe, no solo fue la indígena que ayudó a Hernán Cortés a comunicarse con los mexicas, sino también su amante–. Cortés y La Malinche, más que ser personajes históricos, son símbolo de un conflicto que el mexicano aún no resuelve; pues el mexicano no se identifica como español ni como indio, pero tampoco se afirma como mestizo, sino que se vuelve hijo de la “nada”, se siente en plena orfandad.
Cortés y la Malinche, José Clemente Orozco (1926)
La soledad individual

A manera individual, los mexicanos son entes que se encierran y se ensimisman, que son celosos de su intimidad y de la ajena, que ponen una muralla entre la realidad y su persona y todo esto se refleja en sus ideales y lenguaje. El resultado son personas parcialmente ajenas al mundo y a sí mismas. Ejemplo claro es el antiguo ideal de hombría, “el macho” era aquel que no se rajaba, aquel ser estoico que se mantenía cerrado, un individuo invulnerable al dolor y capaz de callar a toda costa lo que se le ha confiado. En el otro bando están los que se rajan (del término “raja” o “rajada” que significa abertura), los que se abren, los cobardes, los que contaban los secretos que les fueron confiados, los incapaces de afrontar peligros como se debe.
Indio Fernández, @MafafasMusguitos
Nuestro lenguaje también delata nuestra forma de ser. Octavio lo ejemplifica con aquella expresión altisonante tan común entre mexicanos que la usan para ofender: “Hijos de la chingada”. El poeta hace una minuciosa investigación para definir el verbo chingar y averiguar por qué es ofensivo.

La palabra “chingar” tiene múltiples significaciones; pero en general implica una agresión, pues es un verbo que denota violencia, que implica salir de sí mismo y penetrar por la fuerza al otro. La idea de romper y abrir reaparece en casi todas las expresiones y conjugaciones pero la eterna dialéctica entre lo abierto y lo cerrado recae en estas dos: 
  • El/lo chingado: pasivo, inerte y abierto. Es atribuido usualmente a las mujeres o a aquellos que salieron perdiendo frente a otro. 
  • El que chinga: activo, agresivo y cerrado. Usualmente se atribuye al macho o al que es bien vivo (o muy bueno para algo).
Por lo tanto, el verbo “chingar” indica el triunfo de lo fuerte contra lo abierto; pero, ¿qué es la chingada? Es la madre abierta, violada o burlada por la fuerza. Por otro lado, el símbolo de lo cerrado y agresivo es el padre, quien solo es capaz de “chingar”. Por ello, cuando se quiere demostrar superioridad ante otro se le dice “Yo soy tu padre”.

Otra actividad que transparenta la forma cerrada del mexicano se encuentra en aquel combate verbal constituido por alusiones obscenas y de doble sentido: el albur. Por medio del albur el contendiente busca vencer a su adversario mediante ingeniosas combinaciones lingüísticas cargadas de alusiones sexualmente agresivas, el perdedor es aquel que se queda sin ingenio para contestar, lo que produce una especie de “violación” lingüística ya que el perdedor ha sido “abierto” por el otro.

Octavio Paz cree que es comprensible y justificable que el mexicano se encierre en sí mismo, por un lado, por la hostilidad que se vive entre los mismos paisanos y también porque nuestra historia está plagada de héroes “machos” –como Miguel Hidalgo, Emiliano Zapata, Cuauhtémoc, Pancho Villa, El Pípila, los Niños héroes, etc–.

El papel de la mujer

Bajo la idea de dicho ideal del “macho” cerrado, en aquellos días la mujer era considerada de naturaleza inferior, ya que por cuestiones naturales al entregarse “se abre”. Al ser considerada como inferior, era vista como un instrumento que tenía que cumplir los deseos del hombre o sencillamente serle útil, lo que la deslindaba de su vida personal, de sus deseos y voluntad propia. El género femenino era considerado un objeto, un símbolo de fertilidad que servía para la continuidad de la raza y para educar a los niños; Octavio remarca que esta denigración a la mujer fue herencia española.

A pesar de ello, había mujeres que se acercaban al ideal masculino de macho: las consideradas “sufridas”, aquellas que eran menos sensibles al dolor, invulnerables y estoicas, aquellas que en la cultura popular eran malas, impías o mujeres independientes que buscaban a los hombres y luego los abandonaban.
María Félix
La festividad mexicana

México es un país lleno de fiestas y celebraciones tanto religiosas como patrióticas. Pocos lugares en el mundo pueden tener fiestas religiosas como las tiene México; ya que no solo nuestro calendario está poblado de ellas, sino que cada pueblo festeja al santo de su devoción particular. También existe el 15 de septiembre –el Grito de independencia– cuando se celebra una de las fiestas patrias más queridas que según Octavio es quizá el día en que el mexicano grita todo lo que puede y quiere para mantenerse callado lo que resta del año.

Es muy criticable que anualmente se tengan tantos asuetos, celebraciones y fiestas; ya que es bien sabido que se gasta mucho en tan magnos eventos, tanto así que el autor menciona que nuestra pobreza puede medirse por el número y suntuosidad de las fiestas populares. Sin irnos tan lejos, es bien sabido que en algunos pueblos o colonias populares se gasta más el presupuesto en cohetes, comida, bebida y adornos para la festividad que en cosas que requieren más urgencia como la pavimentación, las reparaciones, las escuelas, etc.    


Entonces si son tan perjudiciales a la economía y la estabilidad, ¿porqué se siguen celebrando?  El poeta sostiene que el solitario mexicano busca cualquier pretexto para reunirse e interrumpir la marcha del tiempo y celebrar. Ama las fiestas y reuniones públicas porque en estas celebraciones desea embriagarse de ruido, gente y colores; en pocas palabras, en ellas el mexicano descarga su alma. Pareciera que solo a través de la fiesta los mexicanos logran saltar ese muro de la soledad que ellos mismos se auto-imponen y que los tiene atados todo el tiempo, “abrirse” con su compatriota, salir de sí mismos y dejar atrás sus frustraciones y  tristezas.

El mexicano frente a la muerte

Para el prehispánico la muerte no era el fin natural de la vida, sino una fase de un ciclo cósmico infinito, ya que con su muerte alimentaba la voracidad de los dioses que siempre estaba insatisfecha. Por ello, el sacrificio era una práctica divina; con la muerte se pagaba la deuda por la especie a los dioses y se alimentaba la vida cósmica y social. Por ejemplo, para los aztecas la muerte era la manera más profunda de participar en la regeneración de las fuerzas creadoras que siempre están a punto de extinguirse si no se les proveía de sangre. Había un sentimiento de que la muerte no les pertenecía a nuestros antepasados y por eso mismo sentían que su propia vida no era realmente suya. Este sentimiento era obvio al ver que la vida, la clase social y la muerte de cada hombre se determinaban a partir de “espacios-tiempos” marcados por el calendario sacerdotal.

Con el catolicismo, la idea de sacrificio y de salvación cambió, hubo un giro de lo colectivo a lo individual. Es decir, mientras que anteriormente se sacrificaban individuos por la salud del universo y la colectividad, se pasó a cuidar solo de la individualidad para la redención –ya que, con el sacrificio de Cristo, es posible que cada individuo se salve, pues en cada uno hay esperanzas y posibilidades de multiplicar la especie–. La libertad con el sacrificio de Jesucristo se humaniza y comienza a importar más el individuo que la colectividad.

Como se ha intentado explicar, en ambas culturas había una significación distinta de la muerte: para los prehispánicos, un medio para la subsistencia; para el catolicismo, solamente un tránsito entre la vida temporal y la ultraterrena. En cambio hoy en día, la muerte es concebida solo como el fin de un proceso natural, por lo que para la mayoría de culturas todo funciona como si la muerte no existiera. Mientras que otros países evitan siquiera mencionarla, el mexicano la festeja, se burla de ella, la ve de frente; lo trágico según Paz es que más que significarla la ve como su juguete favorito. En la época de Octavio Paz –y pareciera que en la actual– nadie piensa en la muerte personal y, por tanto, nadie vive una vida personal. Hay una colectivización de la vida que trae como resultado que se pierda el significado de la vida misma y de la muerte. Vida y muerte son inseparables, de modo que cuando se pierde la significación de una la otra se vuelve intrascendente. Para el poeta esto es trágico, porque si no tienen ningún valor la vida y muerte propias menos la tendrán las del “otro”.
El jarabe de ultratumba, José Guadalupe Posada (desp. 1988) 

La propuesta de Paz

La historia y la cultura pueden esclarecer y ayudarnos a comprender rasgos de nuestro carácter colectivo, por ello es tan importante que nos adentremos en ellas y busquemos entender un poco más no solo de nuestra patria, sino de nosotros mismos. Las circunstancias históricas explican nuestro carácter en la medida en que nuestro carácter también las explica a ellas. Como vimos, todo mexicano –independientemente de su clase social– se “cierra”, está inmerso en el mismo sistema de valores, lucha contra las mismas entidades imaginarias y fantasmas del pasado engendrados por nosotros mismos en las épocas de la Conquista, la Colonia, la Independencia, etc.

Toda la historia de México puede verse entonces como una búsqueda de nosotros mismos, deformados o enmascarados por instituciones extrañas. Para Octavio Paz una de las soluciones para esta orfandad reside en la búsqueda de una filosofía mexicana que aspire a tener validez universal, que no solo busque remediar nuestras necesidades sino que se preocupe por problemas que afligen a todos los hombres, que sea filosofía a secas. Así, la filosofía se vuelve una tarea salvadora y urgente que no tendrá por qué examinar nuestro pasado intelectual, sino ofrecer una solución concreta, algo que dé sentido al hombre.

Para el poeta, la historia mexicana es solo un fragmento de la historia universal ya que en su obra nos menciona que toda forma de gobierno y los movimientos históricos de México están influidos por pensamientos extranjeros, a excepción de la Revolución Mexicana. Según Paz, la Revolución fue un movimiento armado que careció de ideas –tanto internas como externas–, pero que era necesario para los afligidos. De hecho, lo considera como el único momento histórico en el que hemos actuado de manera independiente, sin tomar ideas de otros países. Entonces, Paz da a entender que los mexicanos no hemos creado ideas que nos puedan ayudar y mucho menos ayudar a otras naciones. Por eso la filosofía no debe seguir siendo una reflexión sobre las actitudes que México ha tomado respecto a ideologías o sistemas filosóficos propuestos por la historia universal, sino que debe proponer ideas para el mundo.

La mexicanidad para el poeta ha sido entonces hasta ahora una manera de no ser nosotros mismos, una manera reiterada de ser y vivir otra cosa, algo que hemos tomado prestado; ya que los mexicanos no hemos inventado una forma que nos exprese, por lo que no hemos podido identificarnos con ninguna forma o tendencia histórica concreta.

La propuesta de Paz es que nos abramos al resto del mundo y veamos que no somos las víctimas, sino que todo pensamiento puede ser mejorado para ser empleado en cualquier lugar; que la historia universal es ya una tarea común y que podemos ser huérfanos de pasado, pero tenemos un futuro por inventar. Nuestro laberinto es el de todos los hombres.