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miércoles, 5 de septiembre de 2018

Un año redescubriendo México

(Foto de @mafafasmusguitos)
Hoy cumplimos un año de existir. Podría parecer poco pero en realidad nunca deja de asombrarnos lo mucho que hemos descubierto acerca de nuestro hermoso país. ¿Por qué hacemos esto? Podría parecer trivial hacernos esa pregunta, pero en realidad ¿cuál es nuestro motivo? 

Para ayudarnos a responder esta interrogante usaremos un pequeño fragmento del discurso que dió el escritor peruano Mario Vargas Llosa al recibir el Premio Nobel en el año 2010. En él, el escritor habla sobre uno de los males más dañinos de la humanidad: el nacionalismo, al que define como una ideología excluyente que recorta el horizonte intelectual y disimula en su seno prejuicios étnicos y racistas, pues convierte en valor supremo la circunstancia de haber nacido en determinado país. 

En el mismo discurso Mario diferencia el nacionalismo del patriotismo, al que define de una manera poética como un "sentimiento sano y generoso, de amor a la tierra donde uno vio la luz, donde vivieron sus ancestros y se forjaron los primeros sueños, paisaje familiar de geografías, seres queridos y ocurrencias que se convierten en hitos de la memoria y escudos contra la soledad. La patria no son las banderas ni los himnos, ni los discursos apodícticos sobre los héroes emblemáticos, sino un puñado de lugares y personas que pueblan nuestros recuerdos y los tiñen de melancolía, la sensación cálida de que, no importa donde estemos, existe un hogar al que podemos volver".

En Mafafas Musguitos hemos buscado exactamente contagiar un sentimiento patriota ya que, aunque nos duela admitirlo, la mayoría de los mexicanos por la costumbre o la rutina damos por sentado lo que tenemos alrededor y a veces ni intentamos investigar sobre lo que acontece en nuestro país; no somos plenamente conscientes de que lo que hay a nuestro alrededor son cosas que solamente existen en México y que son propias de nuestro inigualable país. 

De ello se mofa el escritor mexicano Jorge Ibargüengoitia en su compilado de escritos titulado Instrucciones para vivir en México: la mayoría de mexicanos ubica más a intelectuales, artistas y héroes nacionales por sus rasgos físicos que por sus obras o acciones. Y no está nada alejado de la realidad, muchos identifican más a Benito Juárez por su peinado o por estar en los billetes que por las Leyes de Reforma; o a Frida Kahlo por la uniceja, vestimenta o por la fama internacional sin intentar comprender su obra. 

Cuando un mexicano quiere viajar, anhela ir a Europa y conocer París y Londres o –si es más aventurado– Egipto o Japón. Busca devorar otros países: visitar el Museo de Louvre, el Taj Mahal o Machu Picchu; conocer otras culturas; escuchar música o arte de otros países, etc. Ahora bien, no estamos diciendo que lo anterior esté mal; al contrario, en gustos se rompen géneros y vale la pena estar abiertos a todo y existen cosas magníficas en todo el mundo. Claro que sí.  Pero ¿qué pasaría si algún día nos propusiéramos guiar a un extranjero en nuestro país? En ese momento nos surgiría la duda de si realmente conocemos nuestro país.

En este año hemos descubierto muchas cosas que nos imaginábamos siquiera respecto a nuestro país. Geográficamente descubrimos que algunos de los estados más pequeños del país –como Colima o Guanajuato–  pueden ofrecer espectaculares vistas y enriquecernos culturalmente, maravillarnos con su historia y con todo lo que albergan y, por supuesto, deleitarnos culinariamente. En arte, encontramos que Frida Kahlo no es solamente una moda internacional, sino que su pintura refleja un sufrimiento tan profundo que solamente ella podía retratar; pero también que existe una María Izquierdo que nadie conoce y cuya pintura es un símbolo de la mujer y de la tradición mexicana con su propio sello de belleza igualmente hermoso. 

Sí, todos sabemos que hay tres directores mexicanos triunfando en el cine internacional (por supuesto hablamos de Cuarón, Iñárritu y del Toro) y aún así no hemos visto sus películas o las criticamos sin saber qué hay detrás de ellas o creemos que porque “como son mexicanos, ¿qué van a ofrecer?, son un fraude y están sobrevalorados”, ¿de verdad? También sabemos de oídas y charlas de nuestros padres o abuelos que existió una época dorada del cine mexicano, tal vez hemos visto alguna película de Cantinflas o Pedro Infante, pero ¿qué más? Pues más allá están las joyas de filmes que hizo, por ejemplo Luis Buñuel o el Indio Fernández, director que dirigió las primeras películas mexicanas en ser reconocidas a nivel mundial por la variedad de temas y perspectivas y por la calidad que ofrecían.

También en la literatura nos asombramos con escritores que para muchos extranjeros son parte de las letras indispensables de la historia, escritores tan patriotas y a la vez tan cosmopolitas que ganaron premios de gran categoría mundial en las letras como Carlos Fuentes y Octavio Paz; tenemos un Juan Rulfo que inspiró a Gabriel García Márquez y que hizo que el escritor chino Mo Yan –ganador del Nobel en 2012– quisiera aprender español solo para leer Pedro Páramo en su idioma original. Igualmente, nos dimos la oportunidad de leer a otros autores menos conocidos pero de una calidad increíble como Sergio Pitol y José Emilio Pacheco, quienes junto con Fernando del Paso son ganadores del premio Cervantes –el más altos reconocimiento de la literatura en lengua hispana–. Y también hay importantísimas escritoras mexicanas como Rosario Castellanos, Elena Poniatowska, Elena Garro, Laura Esquivel, Sor Juana Inés de la Cruz, etc. 

En realidad, en un año hemos tenido la grandiosa oportunidad de reencontrarnos con algunos autores y descubrir a muchos otros que no solamente son excelentes autores que ofrecen panoramas variados e infinitamente enriquecedores, sino que son escritores del calibre de los internacionales que decimos adorar y que escribieron obras que en verdad podrían convertirse en nuestro libro favorito si les diéramos la oportunidad. Y justo buscamos eso: que ustedes les den una oportunidad, que conozcan su país, su cultura, pero sobre todo que se conozcan más a ustedes mismos. 

No buscamos hacer un nacionalismo que proponga a México como el mejor país, porque a vista de todos está que nuestra nación tiene muchísimos defectos, pero a veces como mexicanos solo nos concentramos más en lo malo. Lo que hemos intentado hacer todo el año, y lo que vamos a seguir intentando, es rescatar lo que hay a nuestro alrededor para que todos podamos conocerlo y no solamente decir que estamos orgullosos, sino comprenderlo de verdad, ser parte de ello y compartir su belleza con el mundo entero. 

¡Muchas gracias por ser parte de este proyecto! No olvides apoyarnos, para que más gente pueda formar parte, entender, disfrutar y compartir la maravilla de ser mexicano.

martes, 6 de febrero de 2018

Sergio Pitol y su fuga hacia la realidad

Sergio Pitol es un escritor mexicano contemporáneo que, desgraciadamente, pocos hemos oído nombrar pues es un escritor de culto. Y digo “desgraciadamente” porque la obra de Pitol debería ser reconocida por todos por su calidad, su amplitud, su foco y su asombrosa pluma. Esta vez, te invitamos a descubrir quién es Sergio Pitol y por qué su obra es tan única y tan digna de reconocerse y exaltarse.

El origen del sueño
Sergio Pitol Demeneghi nació en Puebla en 1933, pero pasó la mayor parte de su infancia en Potrero (Veracruz). De apellidos italianos era de esperarse que, por la época, creciera en un grupo europeo donde la cultura, la música y la literatura lo rodearan. Cuando tenía solo 4 años quedó huérfano y se crió con su abuela, contrajo malaria al poco tiempo y, por lo mismo, pasó su infancia entre cuatro muros. Sergio vivió su niñez en orfandad, aislamiento y enfermedad y, aunque él afirma haber tenido los mejores cuidados por parte de su abuela, sus únicos compañeros eran los libros. La lectura de clásicos como Mark Twain, Julio Verne y, su favorito, Charles Dickens fueron su refugio y llenaron su solitaria vida de sueños y de anhelos por levantarse de cama, descubrir el mundo y viajar. Este enclaustramiento obligatorio también lo llevó a aprender idiomas y perfeccionar su inglés y francés a los 14 años.
José Emilio Pacheco, Sergio Pitol y Carlos Monsiváis
Como primer movimiento, se muda a la Ciudad de Mexico y estudia Derecho en la Facultad homónima de la UNAM, mientras asiste como oyente a las cátedras de Alfonso Reyes en la Facultad de Filosofía y Letras. Ahí fue amigo cercano de los escritores de su época, de Carlos Monsiváis y José Emilio Pacheco quienes –como él mismo admitió– lo incitaron a escribir.
Su carrera literaria comienza a los 23 años y desde ese momento aquello que lo movió de niño, sus pasiones, miedos y sueños se volvieron la esencia de su narrativa. En 1957, su cuento Victorio Ferri cuenta un cuento ganó el 2º lugar en un concurso y con el pseudónimo de “Amalio Otero” lo publicó en los Cuadernos del unicornio –de su aclamado contemporáneo Juan José Arreola–. A partir de ese momento, Sergio Pitol no estaría quieto.

Un poco desencantado por la recepción de sus primeros trabajos, Pitol decide ir por un tiempo a Europa con el pretexto de visitar a su familia. Pero su viaje duró 28 años.
Un viajero incansable
Mientras que sus contemporáneos intelectuales encontraban inspiración en París, Pitol se aventuró a vivir en lugares donde pocos habían estado como Polonia, Rusia y hasta China. Mientras vivió en Varsovia recibió una oferta del mismo escritor polaco Witold Gombrowicz para que tradujera su obra; en Pekín trabajó como corrector de estilo en una editorial; en Belgrado y Barcelona trabajó en múltiples editoriales, revistas y periódicos e incluso llegó a ser maestro en Bristol (Inglaterra).


En 1966 realiza una primera autobiografía en la que critica sus escritos de juventud de una manera voraz por ser solamente trazos inacabados de esta continua dupla literatura-vida que va a caracterizar toda su obra. Escribe ensayos de crítica literaria y es hasta 1972, a los 38 años, que Pitol redacta su primera novela El tañido de una flauta.

Volvió a Polonia y desde 1960 ejerció como diplomático del Servicio Exterior Mexicano en múltiples ciudades europeas –desde París hasta Budapest, Moscú y Praga–. Durante toda esa época produjo muchísimo material que sí llegó a publicarse por editoriales en México, pero no lo dió a conocer. Tradujo más de 100 libros del polaco, ruso, italiano, inglés y francés de autores del calibre de Henry James, Vladimir Nabokov, James Conrad, Gombrowicz y Andrzejewski; esta dedicación a la labor traductora pausa de algún modo su propia creación que de haber continuado quizás podría haberle otorgado el renombre y la aclamación que tenían contemporáneos suyos como Octavio Paz, Monsiváis y Fuentes y lo hubieran hecho dejar de ser un escritor de culto.

Sin embargo, no es que Pitol estuviera realmente interesado en la fama. Por un lado, podemos ver en su labor traductora una gran pasión por difundir la cultura y una entrega desinteresada para que ésta llegara a más personas. Por otro lado, sus textos presentan una carga de contenidos, formas y temas que resulta contradictorio que, a la par, el autor afirme que su obra sea para cualquier persona. No porque subestime al lector; sino por el contrario, Pitol le tiene fe, pues a pesar de ser para todos, no todos lo leerán porque adentrarse en sus letras, ejercitar la memoria para comprender sus tramas, investigar sus temas y, sobre todo, elegir lo que el autor quiso decir es algo que no todos los lectores están dispuestos a hacer. 
“A pesar de los complejos intereses que se mueven en torno al libro, de los sofisticados mecanismos mercadotécnicos, de la salvaje competitividad de algunos círculos, sigue existiendo un público sensible a la forma, lectores exigentes cuyo paladar no toleraría historias tan truculentas ni la lacrimosa salsa del folletón, un público que se enamoró de la literatura desde la adolescencia, y contrajo ya antes, en la niñez, la adicción a viajar por el espacio y tiempo a través de los libros.” (Sergio Pitol, El mago de Viena)

Por esta razón es que Pitol es considerado un escritor de culto: no se detiene a escribir solamente para hacerle pasar un rato agradable al lector –como hace la literatura light comercial–, sino que escribe para lectores exigentes que son receptivos a la forma oculta en las palabras y que ejercen un papel activo ante los libros que les permiten dialogar con el mundo y consigo mismos.
Cosmopolita, viajero incansable y enamorado de las letras europeas, Sergio Pitol regresa definitivamente a México en 1988 luego de haber pasado más de dos décadas en el viejo continente por un anhelo sedentario de amor a su nación. Regresa a México porque el cúmulo de viajes, cultura y conocimiento adquirido y su innegable pasión por la vida le permitió encontrar el valor de su propia nación. Sin estos movimientos, sin la apertura ni el viaje ni la vivencia no hubiera caído en cuenta de lo que su propio país significaba; porque contemplar desde la distancia puede hacer que uno se sienta más cercano y la fuga puede acercarte a la realidad.


Pitol vuelve entonces a México, escribe un par de novelas más y se dedica, más bien, a narrar sus recuerdos en ensayos, en una Trilogía de la memoria (El arte de la fuga, El viaje, El mago de Viena) y pronto se retira a Xalapa (Veracruz) que en 2005 le valdría el Premio Cervantes.
Pitol al recibir el Premio Cervantes en 2005 con los reyes de España
La fuga hacia la realidad
Parafraseando a un amigo suyo, uno conoce a Sergio Pitol si conoce sus obras y viceversa, si conoce sus obras conoce a Sergio. Las máximas “Todo está en todo” y “Nada es lo que aparenta” se encuentran presentes no solo en toda la obra pitolesca, sino en su mismo autor.

El cosmopolita mexicano presenta historias desde diferentes perspectivas, hace más compleja la narrativa y exige mayor atención al lector, pues su obra es una continua ida y vuelta de la realidad a la ficción. Sitúa a sus personajes en lugares y acontecimientos reales y los relaciona con personajes igualmente reales. Ellos conviven con Frida Kahlo y Dolores del Río; hablan sobre “El Indio” Fernández y Eisenstein; escuchan a Liszt y Schumann y leen a Conrad, Gogol y Chéjov.
Por lo mismo, Pitol es un maestro de la intertextualidad; puede intercalar, combinar y hacer referencias a múltiples textos dentro de sus escritos. Incluso hace transformaciones de sus propios textos porque “una obra se potencia o se descarga según las que estén a su lado” (El desfile del amor). Por ejemplo, el cuento de Ícaro está casi insertado idénticamente en un capítulo de la novela El tañido de una flauta, pero al leer el cuento uno tiene un enfoque totalmente distinto pues no posee el contexto que la novela se ocupa en crear. La historia se ve desde otro modo y resaltan detalles y perspectivas que los hacen narrativas completamente diferentes aunque sean casi idénticas.

Pitol se encuentra en cada uno de sus personajes y en cada una de sus obras, al tiempo que no está explícitamente en ninguno de ellos. Como su autor, las letras viajan de un lugar a otro y se desvela su identidad pero jamás completamente. Muestra que cada individuo es un embrollo de contradicciones y múltiples facetas que lo hacen ser completo. Esta crítica al individuo y sus múltiples facetas, el ser todo y a la vez nada, es una constante en su obra. Su tono crítico llega a cúlmen en su llamado Tríptico de carnaval, que además es considerada la cumbre de su obra novelística. Esta trilogía (El desfile del amor, Domar a la divina garza y La vida conyugal) le valió el Premio Herralde de Novela en 1984 y él mismo la define como «una trilogía novelística más próxima al carnaval que a cualquier otro rito».

Como el autor afirma, la literatura es lo que unifica toda su vida, el eje conductor de sus vivencias y sueños; por eso aquel sueño de infancia que lo movió a ser un viajero incansable representa su realidad. La obra ensayística de Pitol incorpora camaleonicamente relatos, personajes y tramas que hacen que se torne novelesca y adquiera esa misma característica autobiográfica de su narrativa: la exhibición de crisis existenciales que ponen en duda lo que se ha considerado cierto y dan pie a una continua tensión entre los amarres del pasado y la libertad. Y precisamente ese factor hace que la obra de Pitol no sea únicamente autobiográfica del autor; sino que el mismo lector sea como Pitol, traductor y partícipe, que dé sentido a las letras al dotarlas de significado y al componerlas él mismo al ser parte de la continua crisis y tensión. Ese papel activo frente a la literatura por el que Pitol intercede hace que uno se cuestione y dialogue consigo mismo, que uno pueda también encontrarse en las contradicciones de los personajes del mexicano. Porque:
“Uno, me aventuro, es los libros que ha leído, la pintura que ha visto, la música escuchada y olvidada, las calles recorridas. Uno es su niñez, su familia, unos cuantos amigos, algunos amores, bastantes fastidios. Uno es una suma mermada por infinitas restas.” (Sergio Pitol, El arte de la fuga)
El poblano lleva a cúlmen el vínculo entre el pasado y el presente; el exilio y la pertenencia; el gusto por lo extranjero y la pasión por lo propio;  la contradicción y la unidad; el sueño y la realidad. La obra de Pitol es única por su lenguaje, sus continuas variantes, sus referente y, sobre todo, por ser una invitación a vivir, a que la cultura embellezca la vida y –al mismo tiempo– podamos encontrarnos en todas las cosas.
Foto de Milenio

Datos interesantes
*En 1978, Sergio Pitol pasó unos meses en México y fue invitado a un encuentro de escritores consolidados con escritores incipientes, donde ambos leerían sus lecturas. Le dijeron que leería con Villoro –cosa que lo confundió pues Luis Villoro le llevaba pocos años–, pero su sorpresa fue encontrar al hijo de aquel Villoro, Juan de 22 años. Desde entonces entre Pitol y Juan Villoro se estableció una gran amistad.

*La primera novela de Sergio Pitol, El tañido de una flauta, fue escrita en menos de 2 meses y su esquema estuvo listo en menos de 2 semanas.


*Hasta publicar Vals de Mefisto en 1984 fue que Pitol se sintió orgulloso de su creación literaria.


*La historia de El desfile del amor se desarrolla en un supuesto Edificio Minerva en la Colonia Roma que es en la vida real el Edificio Río de Janeiro –conocido como La casa de las brujas por su arquitectura– ubicado en la esquina de la calle de Durango y la Plaza Río de Janeiro en la Roma (CDMX). De hecho, Sergio Pitol y el mismo Carlos Fuentes llegaron a vivir en el Edificio Río de Janeiro.


*Sergio Pitol fue investido Doctor Honoris Causa por la UNAM en 1998. Ha sido condecorado con múltiples premios debido a su literatura y aporte a la cultura incluidos los mencionados Cervantes y Herralde, el Juan Rulfo 1999 y el Alfonso Reyes 2015.

*Su última publicación fue El tercer sujeto en 2013 un ensayo que narra su vida de forma literaria. Desgraciadamente, Sergio Pitol se encuentra en una etapa muy avanzada de una enfermedad llamada “afasia primaria progresiva no fluente”, un tipo de demencia degenerativa que va eliminando las capacidades del organismo, que le ha impedido seguir su labor literaria desde hace 5 años. Con la esperanza de que se recupere, esperamos pueda volver a su labor y seguir embelleciendo el mundo a través de su pluma de un modo que solamente el señor Sergio Pitol sabe hacer.


TOP relatos imperdibles de Sergio Pitol
(Los ensayos de Pitol componen una narrativa a parte, por lo que en este top solamente se incluyen sus cuentos y novelas)
7. Semejante a los dioses (México, 1958): Un breve cuento de un niño dotado de una memoria prodigiosa y un adolescente en un sanatorio mental que se aferra a una fotografía vinculada a un evento que terminó en masacre, fuego y muerte.

6. Victorio Ferri cuenta un cuento (México, 1957): En pocas páginas se narra la historia de Victorio Ferri y la relación que lleva con su familia.

5. Nocturno de Bujara (Moscú, 1980): Un pequeño cuento donde los personajes narran un viaje a Uzbekistán y su misteriosa ciudad de Bujara y donde Pitol no pierde la oportunidad para hacer giros inesperados y poner en jaque al lector.
Bujara, Uzbekistán
4. Vals de Mefisto (Moscú, 1979): Cuento sobre una pareja de escritores se separa para darle un respiro al matrimonio; mientras ella viaja, el otro se inspira para escribir.
3. La vida conyugal (Coyoacán CDMX, 1990): La tercera novela del Tríptico de carnaval narra la historia de un matrimonio que enfrenta infidelidades y una continua tensión de odio y amor –“una alegre descomposición matrimonial” en palabras de su autor– pero Pitol pronto carga la historia de giros inesperados, misterio y una continua crítica de los personajes.

2. El tañido de una flauta (Belgrado, 1968/ Barcelona, 1971): Dos historias paralelas: un cineasta y un pintor mexicanos recuerdan sus experiencias en torno a un tercer personaje: Carlos Ibarra, un novelista. Una novela cargada de misterio, historias entrelazadas, saltos de espacio y tiempo que exhibe de manera exquisita el estilo de Pitol.


1. El desfile del amor (Praga, 1983/ Mojácar, 1984): La primera novela de la trilogía llamada Tríptico de carnaval presenta a un historiador que, tras haber escrito un libro en torno al año 1914, quiere hacer una crónica del año 1942; pero a partir de la investigación de un asesinato ocurrido en medio de una mezcla de culturas y clases.